“Lucky” o La suerte de burlar al silencio

“Lucky” o La suerte de burlar al silencio

 

Por Jimena COLUNGA GASCÓN

Well, you know, I have a love,

A love for everyone I know,

And you know I have a drive to live.

I won´t let go.

– “I see a darkness”, Johnny Cash

En el contexto ultra-pop, volátil y digital en el que vivimos, la vejez y el paso del tiempo se perciben como antivalores. Con mayor frecuencia, los más jóvenes expresan un rechazo profundo a la gente mayor, a veces, ni tan mayor. Los chavos están acostumbrándose a las experiencias aleatorias e intrascendentes, a los playlists pasajeros, al placer temporal de las historias de Instagram y a la filosofía en (ahora) doscientos ochenta caracteres.

Cuando mi madre (entre baby boomer y forever young) tenía alrededor de diez años, acuñó la popular frase en la familia: “Que todos los viejitos, de veinticinco años en adelante, se vayan a la luna”. Todo lo que huela a “chavo-ruco” debe negarse y eliminarse, como si la gente mayor fuera perdiendo todos sus derechos simplemente al cumplir más años: los viejos no tienen derecho a la diversión, a la felicidad, al placer, al amor.

Nos encontramos entonces con “Lucky”, ópera prima del actor John Carroll Lynch (Fargo, Gran Torino, Shutter Island), y que explora la vida de un viejo en aparente soledad absoluta, muy cerca del final de su vida. “Lucky” ha abierto decenas de festivales internacionales de cine y en esta ocasión, fue la protagonista de la primera función especial del Festival Internacional de Cine de la UNAM, edición 2018, en una proyección gratuita y al aire libre en las polémicas (y no por eso menos queridas), Islas de Ciudad Universitaria, el pasado 1 de Marzo.

Si hay algo que me pudre en la vida son las proyecciones audiovisuales deficientes. En esta ocasión, a pesar de la muy hippie y placentera experiencia de disfrutar la película tirados en el pasto, la proyección experimentó fallas de enfoque, de subtítulos y de proporción. Nada más molesto que ver una película cuya ventanilla de proyección les cercena la cabeza a todos los personajes. Así no se puede.

Sin embargo, a los pocos minutos de comenzar, la historia bien valía la pena de obviar la falta de precisión técnica. Lucky es un militar retirado que pasa sus días en un pequeño pueblo fronterizo (México – Estados Unidos) en el desierto. De espíritu luchador y contestatario y con un gran sentido del humor, lleva una rutina de calistenia, limpieza y alimentación diarias muy sólidas y completamente solo: sin pareja, sin hijos y sin perro que le ladre, literalmente hablando. Dentro de la metáfora de la nada que supone el desierto, Lucky convive con otros viejos cuya actividad ya se basa sencillamente en vivir, en rememorar, en respirar.

Un mal día se desmaya, así nomás. El médico, sorprendido, le explica que su estado de salud es perfecto, que ni siquiera las tres cajas de cigarros que se fuma al día le ha dañado los pulmones, que no tiene ninguna enfermedad terminal y que simple y sencillamente, ya está viejo. Lucky empieza así un proceso personal de reflexión acerca de la muerte, del silencio, de la soledad, del miedo que representa sentir el final tan cerca, en compañía de una serie de personajes contemporáneos (y no tanto) compartiendo el viaje.

Es una película sobre valores universales percibidos por personajes más allá del bien y del mal. Se habla de “realismo” como la forma de ver los hechos tal cual son y aceptarlos; de la “amistad” como una necesidad imperiosa del ser humano; de la “verdad” que por sí misma importa. Una cafetería, una tiendita, una vieja cantina y el desierto mismo vestido de saguaros, son los espacios en los que hay que combatir a la muerte, al silencio. El buen humor, las anécdotas del pasado, las discusiones por nimiedades y la esperanza nunca tardía del amor, son las armas de estos viejos que no se sienten caducos.

La gente del pueblo intenta empatizar con Lucky y estar al pendiente, sin embargo, difícilmente soporta la sensación de compasión y paternalismo, a pesar de darse cuenta de su necesidad de contacto humano, de afecto. Desprecia directamente a todos aquellos que pretendan hacer de la muerte un negocio, como si fueran buitres esperando a quitarles todo al final. La única “verdad” en el mundo es el lugar al que hemos de llegar todos: a la obscuridad. Porque no sólo se reflexiona sobre la propia muerte sino sobre la muerte causada a lo largo de la vida: al encontrarse con otro colega militar retirado y recordar las atrocidades de la guerra, se reconoce al destructor en destrucción.

La estética visual me recuerda a los filmes del duranguense Juan Antonio de la Riva, probablemente a partir de las referencias en el desierto. Un elemento a destacar particularmente es la banda sonora (no así el diseño sonoro), mayoritariamente compuesta por canciones vernáculas mexicanas y un par de momentos gloriosos, con Johnny Cash (ya viejo) y su I See a Darkness y una interpretación improvisada y a capela de Volver, volver, famosísima ranchera de Fernando Z. Maldonado. Finalmente, el sentido, realista y profundo trabajo actoral se percibe inmediatamente en manos de Harry Dean Stanton, recordado recientemente por Twin Peaks y siendo esta la última película de su vida; en todos los personajes mayores que le rodean y en una curiosa participación de David Lynch en un personaje que por momentos recuerda la forma de hablar de los actores de películas clásicas de Hollywood.

“Lucky” te habla con la verdad en la mano y te abofetea con ella. No es ninguna película glamorosa, ningún galán o galana del star system la protagoniza, ninguna banda indie compuso su música y probablemente, sea muy poco atractiva para “los chavos”. Sin embargo, veamos a nuestros abuelos, a las personas mayores con las que convivimos diariamente, tan llenos de vida y a la vez ya con tan poca de ella.

Aquí sentada, desde mi cráter en la luna, se los digo: un poco de permanencia no nos caería mal, no vaya a ser que un día cualquiera simplemente nos esfumemos.

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